quinta-feira, 25 de fevereiro de 2016

Barcelona por Xesco Gonzalez (Fotos e Texto-Áudio)










































RAZAS DE LA NOCHE




Cuando cae la noche, aunque esté sobradamente iluminada, la ciudad es  oscura  y grande, muy grande. Sus calles se llenan de sombras y siluetas, recortes de personas,  de bajezas humanas. Caricaturas, como las que se hacen los turistas en las ramblas, caricaturas de animales “civilizados”… cuando cae la noche y el sol descansa,  la urbe se convierte en jungla y la luna es testigo de cuantas cosas suceden.Justo en la transición de ambos mundos, sucede la hora azul (los 60 o 65 minutos  que más les gusta a los fotógrafos y poetas). Es ese momento  en que los últimos rayos del sol poniente cruzan más capas de atmosfera tiñendo la luz de tonos ocres, rosáceos y cobrizos.  Luego de azules eléctricos y más tarde, el día funde a negro.     
Es en ese marco cromático donde se encuentran frente a frente los contrastes y contornos, donde se recortan los edificios contra un cielo contaminado de la luz artificial...Familias, que salen del zoo o de un restaurante de tapas, se cruzan con el travesti que empieza su jornada al final de la calle Sardenya.     
Un señor con un maletín espera paciente bajo una marquesina , se le ve cansado,  el 14, el bus que le llevará a casa se retrasa un poco, junto a él charlan a gritos un grupos de jóvenes, turistas, que seguramente han esperado  en la playa de la Barceloneta - a que se apagara el sol y van de regreso al hotel. Él mira de reojo a una de las chicas del grupito, ella no se ha dado cuenta y se ríe en inglés recordando alguna anécdota de la tarde.Tiendas y locutorios cierran sus puertas, mientras se empieza a llenar el rabal, que saca su verdadera cara cuando al Gato de Botero apenas se le distingue a lo lejos, el Paralelo despierta y la esquina con Nou de La Rambla, junto al Café del Artista y el Bagdad está en plena hora punta. El Apolo empieza a llenarse de almas.  
Las sirenas son más frecuentes, lateros y manteros muestran sus productos a cualquiera que respire cerca de ellos, nigerianas y rumanas se reparten las esquinas más buenas de la rambla, y las estatuas guardan atriles y pelucas antes del último metro, unos latinos de alguna banda peligrosa  pasean sus tatuajes mientras varios universitarios de gafas de pasta y camisetas modernas se piden unas cañas en alguna calle de Gracia.      
Son cerca de las 12 de la noche, Plaza Catalunya está repleta de taxis. Luces verdes y rojas bailan al compás de los semáforos, iluminando los fondos de casi todas las fotos que se hacen los recién llegados en el último bus que viene del aeropuerto y que les deja frente al Corte Inglés. Han sido muchas horas de vuelo, pero ya están en Barcelona… ¡foto!Los flashes de las cámaras digitales alumbran por segundos a los hombres y mujeres sin techo, que  vuelven a sus portales, son personas de costumbres y nunca hacen fotos. La “señora de las bolsas”, en Gran Vía, cerca del bingo "Billares".El “hombre del puro infinito”, bajando Via Laietana entre el parking y la comisaria, con la misma caja para las monedas de todos los días,  el “Holandés Errante", que en ocasiones lo encuentro cerca de la Calle Ample, con su descuidado bigote rubio blanquecino y su bici estrafalaria, pero que más de una vez me lo he cruzado cerca de La Pedrera, en la estación del norte y en la puerta de la Boqueria.     
En el restaurante “siete puertas”  terminan de limpiar y cerrar a la par que un hombre sin hogar se dirige hacia su colchón de espuma amarillenta con lamparones, que lleva todo el día escondido tras unas columnas. Apura el culo de su litrona y se acomoda vestido y tambaleante bajo las arcadas del edificio, a dormir su mala suerte.
Una pareja regresa caminando a casa desde alguna coctelería del  Borne, hace una noche fantástica y el olor de las flores que sale del Parc de la Ciudadella pone broche a la velada. Un hombre cruza corriendo, otro, a lo lejos, le persigue e insulta a gritos. Una legión de camiones de la basura embotellan las calles imponiendo su ritmo cadencioso a todos los otros usuarios de la vía, con su aroma en movimiento  embriaga a las terrazas y puertas de los bares más chic de la ciudad. La basura huele igual de mal en cualquier barrio, incluso en la parte alta, en los bares que hay arriba de Santaló o Mandri. Una niñita de papá de bolso ridículo y zapatos de dos plantas,  arruga su nariz ante tamaño hedor y le manda un Whatshap desde su Iphone nuevo a la amiga que ya está  haciendo cola en la puerta del Sutton. Son casi las tres de la mañana, pero en la calle Tuset parece medio día.
Taxistas, secretas, vende rosas, porteros de discotecas, buceadores, recicladores, chatarreros, riegacalles, patinadores, camellos, proxenetas y representantes de todas las tribus urbanas  cohabitan en aparente armonía en el mismo habitad. Unos venden, otros buscan, otros aparentan.              
Pasa una limusina con la música alta y las ventanillas bajadas, del interior se oyen aullidos de un grupo que está de despedida de soltera, casi todos se giran a mirar como cuando pasa una ambulancia. 
A mí me levanta la mano un hombre de mediana edad, bien vestido y solo,  paro taxi, bajo bandera,  inició trayecto.- Hay cada uno -  Comenta mi cliente al aire, observando desde el asiento de atrás como discuten un grupo de ingleses, gordos y borrachos con unos que intentaban robarles, gritan, varios salen corriendo, el que limpia las calles con una manguera y  el chofer de la limusina (que ha quedado moteada por el agua a presión)  miran y no comentan.  - ¿Y no le da miedo hacer la noche? – pregunta el pasaje sin dejar de mirar la escena. Yo le miro desde el espejo apaisado, - No señor,- le respondo mientras reduzco ante un semáforo en rojo .   – Me daría miedo hacer el día.
Revisão _ Ellen Maria Vasconcelos






















Xesco Gonzalez, actor, fotógrafo independiente, ilustrador y en ocasiones escritor. Durante tres años, hizo el taxi en Barcelona para ahorrar dinero y salir a viajar a Sudamérica. Aquella experiencia marcó su vida. Viendo la ciudad con los ojos de aquellos pasajeros que por azar entraban en su taxi. Se confiesa un enamorado de la Ciudad Condal, y de sus muchas caras de la gran urbe, polifacética y orgánica. Como un ser vivo que respira y se mueve, que tiene bajezas y genialidades. (mais sobre o artista: https://titopaco.wordpress.com/ultimo-arbol/)

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