sexta-feira, 27 de maio de 2016

Teniendo la niebla por cabalgadura, de Marcus Groza



             Me enamoré de él durante una alucinación, una borrachera de remedios y alcohol. En las noches que bebíamos y caminábamos por la ciudad, con los bolsillos llenos de aquello que llamo una alegría irrevocable. Con tal munición, bailamos, como cometas irradiados, desaforando el pudor de viudas y cobardes. De lejos, censurándonos en  silencio, en avenidas, en parques. 
         Una vez vino a desaprobar nuestros besos un policía. Usted sonrió. En verdad gruñó, suavemente, insultando, mostrando los dientes. Y mirando así, parecía un cementerio con aquellas altas construcciones de mármol. Yo pedía morir pronto y que fuera allí mismo en su boca, mi polvo despejado. ¡Locura esa tuya! Al principio, le parecían raros mis dichos. Pero pronto tomó gusto por ese camino chueco de quien derrama y persigue el agua. 
            No tardó, nuestra ciudad se quedó pequeña. Sus desatinos, incluso dentro de casa, se sentían desalojados. Habían vuelto a crecer las viejas mandalas de moho en su pecho y en las paredes. El ático ya no servía de abrigo. Se volvió un vivero. En especial, reptiles y aves. En la cama creció una huerta. Los ramajes de las trepadoras habían comenzado a destechar la casa. Fue entonces cuando pedí salir. Salimos. Juntos. Pero sin saber realmente que era lo que nos juntaba. 
           Tomé su mano y sostuvimos un cayado. Cayado invisible. Remamos dos cuadras. El paso arrastrado podría dar a entender que en verdad nosotros no prometíamos ir tan lejos. Pero sería un engaño. En la segunda esquina, él dijo que iba a dormir un rato y que yo tenía que continuar caminando. ¡Solamente no te pierdas de mi mano, para nada! Al despertar, usted había soñado un pasillo vacío y que pasaba los días enteros bailando sin quedarse exhausto. Ya estábamos casi fuera de la ciudad. Yo me quedé todo tiempo contemplando los pequeños espasmos de sueño en su cara. Ni me di cuenta para donde íbamos. 
          Había todavía algunas casas allí. El camino era de tierra y en las orillas unos últimos resquicios del cemento, con espacios crecidos de malas hierbas. Continuamos hasta el atardecer. Descansamos aquella noche en un corral deshabitado. Por la mañana, mandarinas y duchas de río. Agua trópica. Él se quedó aun más callado. O su habilidad para decir algo era mirando a un punto fijo adelante. 
 Rio abajo, hicimos fuego y cebolla asada. Comer lo hacía reír. El gusto dulce de la cebolla asada. Mediodía. Con los pies sumergidos. La lengua de él y las cabezas calientes, la piel hormigueando con el sol de invierno, después del agua. 
           Quien tuvo la idea fui yo. Pero fue solamente agonía de dejar idea fluyendo suelta en la cabeza. De hecho, él dio la creencia para hacer, tan pronto he dicho: un barco! Ató unos paquetes de ropas y metió mi pañuelo rojo dentro de una botella. Listo! Quedó bonito. Preservado en forma de mensaje o para nos secarnos cuando todo estuviese inundado. Bajamos la corriente, desnudos, con los paquetes de ropas sirviendo de alas. 
            – ¿Hasta dónde debe tomar ese río? 
            – ¿Deseando o no, al mar, no es? … 
            – ¡Entonces debemos estar cerca! 
            Él contestó con el ojo en los bambúes detrás del banco de arena en que paramos. 
            – ¿Pero qué estímulo hay en tener tantas curvas y no poder desviarse? ¡Yo digo su nombre dentro la nube del humo y no quiero que usted siga igual! ¡Si quisiera, tiraría una piedra! 
            No contesté, deglutido. Sin escondrijo: vulnerable desde los ojos abiertos. En una curva del río a continuación, vi una cuna enorme en el borde, y un caballo. 
            Después de eso, él también vio. Casi blanco. Crines quemadas de amarillo. 
            – ¡No acepta ser montado ni bozal!
– ¿Y la cuna? ¿No está viendo la cuna del lado? 
–  ¿Cuna? ¡Pero eso es un barco!
        Todos saben que es preciso ir más allá de donde rompen las olas o mejor es ni si meter con el mar. La fuerza de la oleada es la oleada. La marea es otra cosa. Disimulo aún hoy tener certeza cuando digo. Pero la violación de las paredes y del ruido de los niños jugando en un patio cerca de aquí es para mí una especie de ciencia oculta: cada plaza tiene un mar alrededor y de madrugada se queda más evidente por la marea,  por el mal humor del torbellino. 
–  ¡Cuando yo empuje, usted tire! ¡A las tres!
            ¡Nube! Era este el nombre que él le dio al barco. La cuna sin niño, equipada de troncos y de bambúes, que nos serviría de barco. 
– Nube 
– Uno. Dos… 
       Mi pañuelo rojo se estiró. Vela astada. Tan enorme de no saber de dónde, multiplicado en tanto, por arte de magia, tomó una cantidad tan grande de rojo de adentro del tonel vacío de aguardiente. 
          Así, hecho un gato, saltó para dentro de la cuna junto conmigo. Navegamos. El cielo azul y el pañuelo rojo. Él encendió el fuego, rápido, ató el fuego en una piedra y lanzó contra nuestras cosas que se quedaron quemando en la orilla del rio, junto al caballo muerto.




Trad. Anna de Campos




Tradução da narrativa presente
no livro SOSSEGO ABUTRE (Editora Patuá, 2015).





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